domingo, 23 de abril de 2017

Camila



Un fernet con coca, le pidió al barman, ella tomó el vaso y se fue a bailar.
La miraba. No era una noche como las otras, era fría sí, pero era de esas que solo necesitás el abrigo para salir y volver a casa, luces música, gente hablando, chicas en caños bailando, era un lindo escenario porque ahí estaban ellas, con esos hermosos cuerpos de atuendos eróticos que enloquecen a cualquiera.
Camila tenía un cuerpo espectacular, le pregunte su edad pero creo que mintió, parecía más joven de lo que dijo. Después de un rato de hablar con ella me di cuenta que era especial, ella tenía un aura preciosa y cuando terminaba de hablar, lo hacía con una sonrisa.
Compartimos un cigarrillo y descubrí que era divertida, que aparte de ser sensual era chistosa, imitaba a la gente cuando contaba las historias, sin perder delicadeza en sus movimientos que la hacían ser simplemente dulce.
Le invite un trago y caí en cuenta que era inteligente, como si supiera de antes el próximo paso a dar, como si todo lo tuviera calculado, no había respuestas inexactas. No hablaba de más, no hablaba de menos y sentía cierta intriga por saber lo que pensaba cuando estaba en silencio.
Se paró a bailar, movía sus caderas lentamente, pasaba las manos por su cuerpo y me miraba fijamente y sentí como mi energía se enfocaba solo en una parte de mí, ella encendió la llama de una forma que jamás podría decírselo, pues sabría que siempre tendría el control de mí.
Fuimos al telo, ella tenía magia en sus ojos y fuego en el cuerpo, transpiraba y gemía y me hizo conocer planetas de los que no me había enterado su existencia, fue un trance intenso que no me permitía saber si era del todo real.
Al terminar y ver su cara somnolienta entendí que había sido un viaje de dos, que lo disfrutó tanto como yo pero que también había sido uno más porque todo lo que ella necesitaba era existir para que el universo le diera lo que deseara y claramente eso no era yo.

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